martes, 31 de julio de 2012

SECRETOS DE ALMOHADAS...



En la Grecia clásica, de sobras es conocida la costumbre en la que los hombres adultos inseminaban a sus jóvenes ayudantes para inculcarles sus conocimientos, además de ejercer de mentores-tutores hasta que les saliera la primera barba.
El papel de la mujer, por aquel entonces, se reducía al de paridoras y ni siquiera tenían el derecho a participar en la educación y manutención de sus hijos varones. Tampoco se permitía a la mujer el acceso, como espectadora, a las competiciones olímpicas en las que los atletas demostraban sus aptitudes y potencial completamente desnudos.

En Esparta, se veneraba al hombre con un ideal difícilmente comprensible en la sociedad actual, de ahí que se conciba como crueldad el hecho de que al nacer un bebé con malformaciones o defectos que vulneraban los cánones del hombre ideal, tirasen al crío desde una roca para matarlo. Las razones eran obvias: un impedido no era productivo para su sociedad militarizada.
Por otro lado, desde muy críos, los hijos varones eran separados de sus madres y de las niñas de su edad, para recibir una durísima instrucción y formación militar antes de llegar a la edad adulta. Se fomentaba la relación entre compañeros y que se formasen, en cierto modo, parejas entre ellos; la excusa o motivo eran buenos: cimentaba la unidad y la eficacia de la tropa pues, como explicaba un filósofo, al ser amantes, siempre intentaban superarse el uno al otro, darse mútuo ejemplo de valentía y arrojo, y luchar hasta la muerte para que su pareja nunca sintiera vergüenza de él.
Esta idea fue, curiosamente, retomada y aplicada con éxito por un célebre almirante francés, el Baílio de Suffren de Saint-Tropez, en pleno siglo XVIII.


Cayo Julio César Augusto, el conquistador de las Galias que cruzó el Rubicón, fue de mozo el muerdealmohadas del rey Nicomedes de Bitinia, quien pasó literalmente de sus exhuberantes esclavas negras para acostarse con el romano Julio; de allí su apodo de "putita de Bitinia".

Tanto es así que la mala fama empezó a perseguirle, arrastrando el rumor de que era "mujer de todos los hombres, y marido de todas las mujeres" porque encima tenía afición por las damas casadas. Los cornudos no debían de llevarlo muy bien, que digamos.


Legendaria y poco conocida también su pasión por el caudillo galo Vercingetorix, del cual, al parecer, estaba prendado como una colegiala cuando éste rindió las armas en el 52 a.C. Pero como el guerrero galo le dio calabazas, Julio lo mandó atar a su carro durante su triunfal entrada en Roma, y luego lo dejó macerar unos cinco años en una celda antes de mandarle ejecutar. Eso si, romántico antes de que existiera el término, mandó guardar la rubia cabellera de Vercingetorix para confeccionar con ella una peluca.


Sin embargo y curiosamente, permanece su tardía aventura con Cleopatra VII Filopator, última soberana de un decadente Egipto y de una dinastía griega caída en la endogamia,}
madre del supuesto hijo de éste, el archiconocido Cesarión que supuestamente pereció a manos de los soldados del bizarro emperador Octavio Augusto. Y digo supuesto, porque ciertos historiadores dudan de que Cleopatra VII quedase preñada por el César, e insinúan que Cesarión no era más que el bastardo fruto de una coyunda con un apuesto legionario romano.

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